Crónica de Cuarentena – Día 52

A día de hoy, la nostalgia ya no es lo que era. Han pasado cincuenta y dos días desde el inicio de esta, desde hace once, mal llamada cuarentena. Tras el requerido paréntesis en estas crónicas, retomémoslas en el habitual y cordial tono de pretendido humor.

En primer lugar, estamos en disposición de confirmar que el profeta maya que auguró agoreramente el fin del mundo para el 2012 no se equivocó del todo, sencillamente, era disléxico, dado que la fecha fijada para el desenlace de la historia humana parece ser el próximo año 2021. No ha habido, por cierto, ningún agravio encubierto a ningún colectivo al aportar este dato; los disléxicos también somos persianas. Sigue sin haberlo, por superpuesto, faltaría menos.

Durante estas semanas la gestión del gobierno ha sido, a nivel internacional, imbatible. Una vez más, sería ridículo, y hasta grotesco, dada la severa trascendencia de la situación actual, pintar ahora un óleo sobre crisis con una paleta de tintes políticos, pues al fin y al cabo, como oportunamente decía el primer monologuista de la historia, Mark Twain: «Si votar marcara realmente la diferencia, no nos dejarían hacerlo».

Sin embargo, hay que decir que poco a poco integrantes y asesores gubernamentales van desvelando cuáles han sido las claves de su, a todas luces, brillante estrategia epidemiológica. Hoy por ejemplo, uno de ellos ha revelado el secreto de Portugal para sobrellevar mejor la crisis, a pesar de tener un sistema sanitario más limitado que el nuestro: dado que el virus venía del este, los lusos tuvieron más tiempo para organizarse y tomar medidas preventivas. El mismo argumento es aplicable a países como Hungría, Grecia o Polonia, cuya gestión de la crisis puede ser calificada de paradigmática y ejemplar a nivel europeo y mundial, gracias a estar situados, como Portugal, más al oeste que España, es decir, en medio del Atlántico Norte, entre las Azores y las Canarias, concretamente.

No obstante, siguiendo la dirección occidental parece ser que, pasado el meridiano de las Antillas, el mágico y ventajoso efecto del tiempo de prevención desaparece, tal y como manifiesta, deplorablemente, Estados Unidos. Como último y desesperado recurso, su presidente recomendó, hace unos días, inyectar lejía en los pulmones e iluminar con luz ultravioleta a pacientes con el trastorno vírico. Su argumentación lógica para aconsejar recurrir a estos medios debió ser irrefutable, en la línea de: “Si el virus afecta al sistema respiratorio, liquidemos el sistema respiratorio, y así el virus ya no tendrá nada a lo que afectar”.

Estas contundentes declaraciones del siempre juicioso Donald Trump han conseguido, al margen del envite del virus, que el eterno sueño americano amenace aún más con trocar fatídicamente en sueño americano eterno. Y en palabras esta vez de su compatriota Marx, Groucho Marx: «Si no logras desarrollar del todo tu inteligencia, no te preocupes demasiado, siempre te quedará la opción de hacerte político», aplicables en este caso al actual inquilino de la Casa Blanca.

Como nota final para hoy, dadas las disposiciones acuíferas tomadas preventivamente por algunos ciudadanos, descritas en una crónica pasada (ver Crónica de Cuarentena – Día 9), recordar que antes de beber del preciado líquido que ha pasado mucho tiempo en reserva, hay que realizar una serie de pasos previos para prevenir cualquier posible intoxicación por agua estancada, los cuales se detallan sucintamente a continuación.

En primer lugar, hay que filtrarla debidamente, mediante, preferiblemente, ósmosis inversa, o en su defecto, luz ultravioleta (la misma recomendada por Trump para las personas). A continuación, hay que hervir el agua, a fuego lento, muy lento, casi inmóvil, para eliminar cualquier patógeno que haya podido instalarse en el vital fluido. Acto seguido, hay que congelarla inmediatamente, a poder ser en cubiteras, recordando que en su fase sólida ocupará un volumen ostensiblemente superior al que ocupaba en su fase líquida.

Al cabo de treinta y seis horas, habremos obtenido hielo de la mejor calidad, y podremos proceder a servirnos, convenientemente enfriado con estos cubitos tan esmeradamente elaborados, un vino rosado afrutado y con recuerdos de los aromáticos pinares de los alrededores de Edimburgo. Esto dando por sentado que hayamos estado en Escocia, en caso de no ser así, nos serviremos el mismo vino rosado afrutado pero sin recuerdos, amnésico. He puesto como ejemplo un vino porque con la cerveza los disléxicos nos venimos demasiado abirra.

Finalmente, brindaremos, cada uno desde su casa aún, por el cada vez más próximo fin de la pandemia, y también del encierro, cuya duración exacta podemos anunciar por fin, definitivamente, en exclusiva y como guinda de la crónica de hoy: la cuarentena durará exactamente lo que tarde en llegar la post cuarentena.


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