Empecemos parafraseando a la romántica George Sand, alias de Aurore Dupin, la que fue amante del poeta del piano por antonomasia, Frederick Chopin; en referencia al carácter del español estándar decimonónico: «El pueblo se encuentra cohibido por una imperante negligencia orgullosa» (“Un invierno en Mallorca”, 1842).
Resulta tan curioso como deplorable constatar cómo esta característica, si bien legítimamente discutible para aquella época, parece encontrarse plenamente vigente en esta: A fecha de hoy, el número de denuncias a ciudadanos españoles que incumplían las restricciones impuestas por el estado de alarma es superior al número de contagios por coronavirus. En otras palabras, en nuestro país, la tasa de insensatez (por no decir otra cosa) es superior a la de contagio.
Naveguemos lejos, rumbo sur, hasta la Antártida. El siempre frío continente parece ser el único bastión del planeta capaz de desafiar impunemente al coronavirus, a pesar de que la acometida de este se ha producido en el verano austral, durante el cual se acrecienta notablemente la presencia de científicos y militares en las bases plurinacionales allí establecidas (hay que aprovechar el buen tiempo y la confortable temperatura de 20 ºC bajo cero durante el periodo veraniego). El personal que no se ha repatriado se ha apresurado a encerrarse en sus respectivas bases, mientras atienden, helados, a las casi siempre funestas nuevas provenientes del norte.
Mudémonos radicalmente ahora de latitud y de época. Se ha confirmado la imposibilidad de contactar, a través de los siglos, con el faraón Ramsés para instarle a que aportara su granito de arena (viviendo en el Sáhara, le hubiera sido fácil) a nuestra singular plaga. No obstante este contratiempo en cuanto a asesoramiento, oportunamente los archivos documentales del Valle de los Reyes se han sumado a las iniciativas para brindar entretenimiento online para la cuarentena, resolución que nos ha permitido tener acceso a diversas declaraciones hechas por dicho faraón en un día cualquiera de su regencia en Egipto, que ponen de manifiesto el siempre acertado tono de políticos y gobernantes en cualquier era, así como su notoria ecuanimidad, brillante a todas luces (de bajo consumo, eso sí).
Alejandría, 1244 a.C., al habla Usermaatra Setepenra Ramsés Meriamón, hijo de Seti I, faraón de Egipto:
— La pirámide esta a ver si la vamos rematando, que está bajando el Nilo y falta mucha piedra por poner. Que se note que en Alejandría terminamos las cosas a tiempo, y no como en Barcelona que llevan desde los tiempos de Amenofis con la Sagrada Familia.
— Ese de la antorcha que va cada día a la biblioteca local, ¡A ver si vas a quemar algún papiro, por Osiris! Vaya colección de cleopatos me ha tocado gobernar.
— A todo esto, estoy harto de este papirazo administrativo, la buropapirocracia es más letal que todos los cocodrilos sagrados juntos.
— Mira Imhotep, ahí está el friqui de Rosetta con su traducción y esculpido de jeroglíficos al griego en la piedra esa. Ya me dirás de qué va a servir eso, si dominamos a los griegos desde hace décadas.
Tras estos peculiares apuntes bidimensionales del siglo XIII a.C., volvamos a los problemas multidimensionales que nos aquejan en el XXI d.C.
En diversas regiones de Europa, la preocupación al inicio del crack vírico por estibar rollos de papel higiénico como para envolver una manzana entera (de edificios), ha trocado por la de llenar de agua toda clase de garrafas, cisternas y aljibes, ante la previsión de una eventual avería en el sistema de cañerías, sin que quizás quede ningún operario en pie para solventarla. Otro día explicaremos brevemente los pormenores técnicos para potabilizar un agua que previsiblemente se habrá estancado, al cabo de unas semanas de reposar en sus domésticos depósitos.
Está previsto que sople viento del Este durante las próximas horas. Ojalá se presente Mary Poppins con la ansiada vacuna y ponga punto final a la epidemia, a la cuarentena y a esta crónica, que convendremos, empieza a ser verdaderamente crónica.
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