Al final me decidí. Cogí la tarde libre y me adentré en ese reino de la carpintería y la decoración llamado Ikea. Mi objetivo era encontrar una mesilla de noche, tamaño estándar y bien de precio, para poder dejar el móvil por la noche en un sitio que no fuera el duro suelo. Más que nada, porque hubo un día que me levanté con el pie izquierdo, lo pisé, me detectó la huella dactiloplantar, y empezó a enviar e-mails y whatsapps aleatorios con mensajes poco tranquilizadores, y luego tuve que echar la mañana pidiendo disculpas a media agenda de contactos.
El primer pasillo bien: quince sofás, nueve cómodas y veintisiete percheros. El segundo y el tercero tampoco me parecieron mal del todo. Fue a partir del cuarto que me empecé a preguntar si había sido una buena idea ir a echar la tarde a este abismal lugar. Mesillas de noche veía entre muchas y demasiadas, a cada cual más compleja, algunas hasta medio me convencían, pero pronto esta mi primera preocupación paso a un segundo plano, en concreto tras los planos de montaje de todos los muebles ante los que había ya desfilado.
Enseguida me di cuenta de que estaba más afianzado en ese sitio que la alcayata de un calendario en la pared. Llegó un momento en el cual me costaba distinguir entre una cama y un sofá, entre un armario ropero y un casillero. En ese instante, viendo que mi idea de encontrar una mesilla sencilla tenía menos futuro que un submarino descapotable, decidí que lo más sensato era encontrar la salida cuanto antes. Pero ay de mí, menudo reto me había impuesto. Trastabillando entre literas y propuestas de despacho traté de encontrar algún indicio que me llevara a la luz del sol, o de la luna, pues había perdido ya la noción del tiempo.
En este punto, me pareció ver tres bancos más allá al explorador noruego Roald Amundsen consultando con su competidor por llegar al Polo Sur, Robert Scott, cómo diantres salir de allí.
Al fin, entre una biblioteca y un minibar divisé una flecha verde que señalizaba la salida. Al borde ya de la inanición, alcancé jadeando una puerta de metal, que para mi alivio no estaba a la venta sino que conducía al ansiado exilio de mueblelandia. Tras reponerme durante unos instantes, me di cuenta de que era ya medianoche.
Funesta experiencia a mi parecer. Sin embargo, está bien porque al salir te convalidan medio Camino de Santiago y te dan un pin como el que le dio Kublai Khan a Marco Polo la primera vez que completó la ruta de la seda.
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