Éramos dioses en la Tierra. El ser humano se erigía en el que él creía un inexpugnable acantilado, desdeñoso y engreído al contemplar el alcance y la magnificencia de su obra, que rompía cual impetuosa ola a los pies de sus supuestamente incuestionables dominios. Habíamos desentrañado los secretos de la naturaleza, desde la cuántica de las partículas subatómicas hasta la astrofísica relativista de las más remotas galaxias, y nos habíamos beneficiado de ellos. Las tecnologías y las comunicaciones habían alcanzado una perfección y eficiencia con las que ninguno de nuestros antepasados habría podido siquiera soñar. La medicina y la genética habían florecido en grado sumo, y madurado hasta rozar la categoría de divinidad.
Y de repente, algo de alrededor de una diezmilésima de milímetro, que ni siquiera puede ser considerado una forma de vida, ha puesto en jaque a todo el ecúmene humano, arropado por su incorregible arrogancia y su obstinada autosuficiencia, con un alcance temporal y una magnitud material aún difíciles de precisar.
Y aquí nos hallamos, temerosos, cuitados, desprevenidos, ante la que desventuradamente augura ser la crisis más terrible que ha presenciado la historia desde la Segunda Guerra Mundial. Nuestros abuelos y bisabuelos, muchos, en primera línea de fuego, soportaron horrísonos bombardeos, interminables horas de incertidumbre en lóbregas trincheras, fragores de encarnizados y brutales combates,… Nosotros, nos vemos obligados a recluirnos en nuestros hogares, impotentes, humillados, defendidos por el que constituye nuestro único frente de batalla, el de los médicos y sanitarios, ante un enemigo invisible, despiadado y desabridamente imparcial.
Hemos empezado a escribir las primeras líneas de una página que estará escrupulosamente indexada en los libros de historia. Nuestros hijos y nuestros nietos nos preguntarán: ¿Papá, mamá, abuelo, abuela, tú qué hacías durante la pandemia de coronavirus? ¿Cómo contribuiste a que pasara? Y de nosotros depende ahora poder darles una respuesta digna del próspero futuro que queremos construir para ellos.
Porque es en la adversidad cuando las personas, y por ende, los pueblos y naciones, dan a conocer su verdadero rostro. A la vista está que cuando los problemas son verdaderamente cruciales, las soluciones dejan de admitir trabas y filtros ideológicos.
Se avecinan tiempos en que cada día de aislamiento será más aciago que el anterior, pero es igualmente cierto que, pasado el tan anhelado punto de inflexión, cada día pasará a ser más esperanzador que el anterior. Y el mundo que conocíamos hasta hace apenas unos días será muy diferente al que nos encontremos tras derrotar definitivamente al virus.
Sucederá entonces a la crisis humanitaria y sanitaria otra de carácter social y económica, y nadie debe permitirse dudar que la segunda debe acentuarse hasta el punto que sea necesario, por crítico que represente ser dicho punto para el futuro común, para que la primera pase lo más rápida, acertadamente y con el menor coste de vidas posible.
Retomaremos estas crónicas al otro lado de la conocida curva gaussiana, cuando esta sea clara y entusiásticamente decreciente. Hasta entonces, mantengámonos íntegros, combatientes, y unidos (en un sentido tan figurado como literal), recordando las tan verídicas como actuales palabras de Séneca: Nunca mucho, costó poco. Esta es la prueba de nuestra generación, vamos a superarla, y con matrícula de honor.
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«A la vista está que cuando los problemas son verdaderamente cruciales, las soluciones dejan de admitir trabas y filtros ideológicos.»
Lo que no sé es: si lo que está a la vista es un problema o es ya una SOLUCIÓN IDEOLÓGICA de la plutocracia, que se está convirtiendo para nosotros en un PROBLEMA más de la lista. Una lista de problemas que se inauguró con la absolutización del hombre y que está llegando al más grande destrozo antropológico de la historia.
1 Tes 5, 3: «cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán.»
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