Escalera de color

El póker no es un juego de cartas. Es una prueba moral. Es un examen de carácter. Como diría Dostoyevski, es una auditoría del alma de cada uno. Pero con fichas de plástico. Y por ende, la vida es como el póker, solo que con otro tipo de fichas, con más faroles y con menos cartas altas.

En el póker se puede conocer el carácter, la ambición y la disposición de ánimo con la que cada jugador afronta su vida. Está el estadístico de librea, por definición calculador, que va citando probabilidades mientras pierde irremisiblemente con parejas de ases y reinas. Encontramos también al agorero, que por supuesto mantiene que no es supersticioso dado que serlo trae mala suerte, mientras hace apuestas crecientes con un 2 y un 7 de distinto palo. Está el que nunca pierde, según su único y exclusivo criterio, argumentando que si hubiera entrado en la mano la hubiera ganado con total seguridad. Y finalmente podemos encontrar al vengativo, que se toma cada envite de naipes como una guerra napoleónica.

El poner cara de póker jugando al mismo o fuera de él es también un rasgo a reseñar. No todos pueden asemejarse a James Bond en Casino Royale, sorbiendo flemáticamente un martini vesper mientras se enfrenta, con una pareja de treses, a ases del crimen organizado sin que le tiemble el párpado. Hay quien intenta poner cara neutra, pero con una buena mano se le ilumina más el rostro que si hubiera descubierto la penicilina.

Luego están los partidos de tenis echándose un farol. ¨Seguro que está faroleando¨, ¨Seguro que piensa que estoy faroleando¨, ¨Seguro que piensa que yo pienso que está faroleando¨, para al final hacer un all-in ambos y tener full de nada y poco, y repartirse el bote como buenos hermanos.

Un mano a mano se asemeja a la añorada Guerra Fría. Hay bravatas abriendo silos de misiles, espionaje y contraespionaje, gafas oscuras, servicios de inteligencia e inteligencia sin servicios, y llamar ministerio de defensa a uno que es claramente de ataque. Coquetear con la apuesta irreflexiva del adversario es sin duda una inversión a corto plazo, solo que con mucho menos retorno que el S&P 500, y con más presión fiscal.

Y como dijo Joe Black, en la vida (y en el póker) hay dos cosas inexorables: la muerte y Hacienda. No siempre en ese orden.


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