Agua magnetizada

Paseando por la feria de mi pueblo, me encontré con un stand (se llaman stand porque están, si no se llamarían nostand o antistand) cuyo tendero ambulante promocionaba a los cuatro vientos un nuevo tipo de tazas que, supuestamente, magnetizaban el agua contenida en su interior, induciéndole propiedades medicinales y hasta curativas. Situaciones como esta son contadas (esto es, las vive uno y luego las cuenta a los demás) y por ello me dispuse a indagar más acerca del sensacional fenómeno que allí se publicitaba.

Entré en conversación con el vendedor, preguntándole sin ambages detalles acerca del inusitado efecto que constituía su potencial beneficio económico, interesándome en primer lugar por su historia sobre cómo había llegado hasta esta increíble forma de venta. Me dijo que al inicio de su carrera había estado dándole vueltas y se había propuesto llegar a malabarista, pero las bolas no seguían la trayectoria deseada y finalmente decidió dar un giro más, a su vida esta vez, y adoptar un enfoque más práctico y lucrativo como era el de magnetizar agua. Ahondando en este punto central de su comercio, me contaba que una batería alimentaba un electroimán que inducía un campo magnético (hasta aquí Maxwell y Faraday no podrían estar más de acuerdo) situado en la base de la taza para, ale-hop, promocionar el agua a un estado magnetizado, proporcionándole al mismo tiempo características terapéuticas para quien se la tomara. El humorista apellidado Marx más famoso dijo una vez: «Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros». Aplicable a los morales, pero sin duda no a los de la física.

Veamos, el agua es diamagnética, lo que significa que en presencia de un campo magnético intenso sus moléculas generan otro campo magnético opuesto muy débil, produciendo cierta repulsión. Incluso se ha llegado a hacer levitar objetos acuosos (como una desventurada rana). Sin embargo, para producir un efecto apreciable se requiere un campo magnético no inferior a 10 Teslas. Con una bobina típica de laboratorio se necesitarían alrededor de 80.000 amperios en fila india para generar dicho campo con una bobina estándar, cuyo consumo sería del orden de megavatios, requiriendo una central eléctrica mediana a pleno rendimiento. Esto pone en entredicho el hecho de que una pila alcalina pudiera suministrar la energía necesaria para magnetizar el agua de la taza.

Podría haberle comentado estos detalles al buen tendero, pero me abstuve prudentemente de hacerlo, por ver hasta dónde podía llegar la fabulosa historia, a raíz de la cual el realmente magnetizado era yo mismo. Siguió explicándome que una vez magnetizada, el agua adquiría propiedades milagrosas, ayudando a curar todo tipo de males. Agua magnetizada, medicina general. Muy general. O mejor, medicina en general: «Bebe agua, que va bien, en general». Y así todo tipo de consejos: «Abre los ojos al andar por la calle». «Dúchate». «Come bien».

Ante la inusitada insistencia de que le comprara una de aquellas proverbiales tazas, tuve que idear una peregrina negativa, contándole que por ahora no necesitaba de aquel remedio a ultranza. Le dije que el magnetismo a mí no me atraía, al no ser yo Iron Man ni el hombre de hojalata, además de estar esos días bajo de níquel en sangre. Ante su redoblada insistencia, con cautela, me fui alejando del puesto evitando el contacto visual con él y sus tazas, y apostillando que a pesar de mi poca atracción había llegado a ser alguien importante, teniendo a tres empresas detrás de mí: el agua, la luz, y Telefónica. En un momento dado, me di la vuelta y me arrojé ante un puesto de bisutería, una idea brillante, sobre todo por lo que refulgían los anillos y collares de perlas extraídas en el conocido mar de Aragón, casi tan auténticas como las propiedades del agua magnetizada.


Descubre más desde Jules Fineman

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario