Vuelo low-cost

La aventura empieza en la terminal 2 del aeropuerto Josep Tarradellas Barcelona – El Prat, que cuando terminas de pronunciarlo ya te ha dado tiempo de hacer el check-in. Está bien elegido el nombre de terminal porque ese es el estado en el que llegas a coger el avión. Facturar, obtener las tarjetas de embarque, esperar a entrar en el finger o coger el bus por las pistas hasta la escalera de avión, pone a prueba la paciencia del más Job del grupo.

Para facturar es recomendable encomendarse previamente a San José de Cupertino, patrón de los aviadores y de todo lo que vuela, incluidos los presupuestos generales del estado en este país, dado que hay ciertos objetos meridianamente prohibidos a bordo, según el folleto de Aena al respecto. Se incluyen ballestas, pistolas aturdidoras, arpones y material radioactivo. Qué pena, con las ganas que tenía yo de facturar unos isótopos frescos de plutonio para mi reactor nuclear casero. Y quien no va a querer llevarse un arpón para enrolarse en un ballenero nada más llegar a Reikiavik. O emular a Guillermo Tell con una ballesta en el pasillo del avión apuntando a manzanas sobre la cabeza de una infortunada azafata.

Hablando de azafatas, la tripulación de cabina se esmera en cada vuelo por explicar el funcionamiento del chaleco salvavidas. En un vuelo Lyon-París. ¿Vamos a caer acaso en el Ródano o en el Sena?

Por otra parte, la insistencia para inducir al pasaje a poner el móvil en modo avión raya la obsesión, con el supuesto fin de evitar interferencias electromagnéticas con los controles del aeroplano. ¿Es que le va a aparecer TikTok al comandante en el cuadro de mandos, en lugar del altímetro?

Se dice que el piloto y el copiloto nunca comen lo mismo por si uno de los dos se intoxica. Los pasajeros, en cambio, tienen muchos números de envenenarse al completo. Esto se explica si tenemos en cuenta que la comida para los viajeros no es materialmente digerible, sino conceptualmente incomible. El ácido clorhídrico del estómago no es suficiente para metabolizar dichos compuestos, ni para encajar el coste de los platos, que rozan la estratosfera que atraviesan.

El agua también está por las nubes. Tras invertir en renta variable, cobrar dividendos durante dos décadas, y vender las acciones, quizás te alcanza a cubrir el exorbitante precio de una botella del líquido elemento.

Es remarcable también la comunicación entre el piloto y los pasajeros. Basado en hechos reales: «Estimados pasajeros, les habla el comandante, actualmente hay cielos despejados en destino, y estamos a 25 nudos». Vamos a ver, si vamos a 25 nudos (unos 46 km/h), dudo que un Boeing 737 de 70 toneladas sea capaz de generar sustentación, por lo que preparémonos para adentrarnos pronto en las luces y sombras del más allá.

Y por fin, se alcanza la terminal de destino, excepto si es para hacer escala, en cuyo caso es un destino sin terminar.


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