Al albor de un gargantuano y pantagruélico gaudeamus lírico y elegíaco que de hondas gorgorotadas e ingentes tarascadas esté profusamente sembrado y que a la postre remita en sapideces y efluvios acíbares y áloes, en el lance de lexicones y glosarios de ardua exégesis e intrincada hermenéutica regidos por quirurgos de holgadas togas y emperejilados atavíos, al eco de redondillas y serventesios que de gráciles y etéreas consonancias estén miríadamente armados para prolijo embeleso de gentiles y profanos, con la fúlgida cadencia de fandangos y kizombas pulsando sin sosiego y con denuedo la celosa y efímera quintaesencia de duchos y dicharacheros zapateadores, oyendo a ultracrepidarios aspirando a resarcir o cuanto menos a dadivosamente temperar sus enmarañadas diatribas de guisas a cuál más peregrina, al arribo de un alóctono satis estival y una tórrida canícula salpicados de hirsutas prolijidades hipertérmicas, oteando a eminentes comediógrafos dirimir sus alocuciones bajo el influjo de espirituosos elixires, y no por badajear y poder ser tachado de estólido o adundado, sino por ventura de morigerado y frugal, es con certitud y evidencia manifiestas que pródigamente aquí consigno que, al caer el conticinio, el lenguaje es, a la sazón, sencillo.
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