Crónica de Cuarentena – Día 8

Empezar citando a un autor célebre siempre sienta un buen precedente, a la vez que sirve para tender la mano al a menudo minusvalorado gremio de literatos, aunque recordemos que esto está actualmente contraindicado por la OMS (el gesto, no el gremio).

Por ello, he aquí un breve pasaje de “Noches blancas”, obra primeriza del insigne y eterno Fiodor Dostoyevski, y muy a tono con el status quo global: “Desde bien temprano una extraña tristeza llena mi alma. Paréceme que todo el mundo me abandona, que todos huyen de mí. Me resulta penoso quedarme solo, no comprendiendo lo que en mí sucede”. Esta errática locución podría ser pronunciada por casi cualquier ciudadano (exceptuando a los sanitarios, hay que decir), aquejado o no por el coronavirus, en un día cualquiera de estas insalubres semanas.

Sin embargo, en este mal trago que la Humanidad atraviesa, hay que recordar que, una vez más en su relativamente larga historia, tras la tempestad vendrá la calma, tal y como dilucida el mismo escritor al término del mismo capítulo de la misma novela: “Vagué la noche entera por la ciudad; no podía entrar en mi casa. ¡Era tan feliz!”. Convendremos en que encaja irónica y perfectamente con la situación actual y con su cada día más deseado fin. Pero volvamos a la realidad y a su actualidad.

En primer lugar, comentar la alarmante y rauda puja por la supremacía entre especies por parte de animales y alimañas, aprovechando ahora que los humanos se encuentran confinados en sus moradas, indefensos ante un enemigo invisible y exclusivo. Hoy se han avistado fornidos ejemplares de jabalíes en pleno centro urbano de Barcelona, a lo largo y ancho de la avenida Diagonal, buscando puntos de acceso y tomando medidas para posibles asentamientos de las manadas al completo, y así llegar algún día a ocupar toda la ciudad condal, si la falta de tránsito civilizado se prolonga en exceso.

Por otra parte, bandadas de palomas en clara formación de combate han empezado a acosar deliberadamente a algún viandante que acarreaba su pesado carro de la compra, ante la creciente escasez de migajas en ramblas y bulevares.

La crisis actual es eminentemente sanitaria, pero también lo es económica, y lo seguirá siendo cuando la primera acepción remita, para muchos negocios e industrias. Y el sector aerocomercial no es una excepción. No obstante, entre esta tromba de informes negativos que cae a diario del cielo, el coronavirus ha hecho batir inesperadamente el récord del vuelo más largo de la historia, al denegársele al piloto plusmarquista el aterrizaje en su, a priori, aeropuerto de destino. Los empleados de la pequeña aerolínea que ha protagonizado la hazaña lo han celebrado por todo lo alto, a pesar del viento en contra que oponen las circunstancias.

Al igual que en el aeronáutico, en el sector turístico el panorama tampoco es demasiado lisonjero. Los hoteles han quedado tan tristes y desiertos que ahora, en vez de recepcionista, tienen decepcionista, que comunica incansablemente a sus directamente exclientes que no hay sitio para ellos, a pesar de tener todas las habitaciones libres desde el sótano hasta el ático.

En medio de este maremágnum de noticias y contranoticias, de vez en cuando surge alguna que constituye un auténtico despropósito y una verdadera paradoja, cuya explicación habría que dejarla para maestros en este recurso literario como Gilbert K. Chesterton o Hilaire Belloc: El alcalde de Baltimore, Maryland, EEUU, ha rogado fervientemente a sus vecinos “que no se disparen mutuamente”, en vistas a tener sitio en los hospitales locales para los casos de coronavirus, también gradualmente en aumento en su ciudad. “No estamos para tiroteos masivos”, ha recalcado.

A la vista está que, esencialmente, las recomendaciones y medidas tomadas por las administraciones de todo el globo persiguen objetivos parecidos para afrontar las presentes adversidades, si bien con ligeros cambios en la forma de plantearlos a sus administrados, adaptándose al modus operandi habitual de los mismos. A modo de ejemplo adicional de estas curiosas adecuaciones del mismo discurso actual al carácter autóctono de cada cultura, decir que en las antípodas de Maryland, en la India, al parecer los brahmanes han notificado, al resto de castas hindúes, que las vacas seguirán siendo sagradas siempre y cuando se demuestre que no pueden transmitir el coronavirus. Porque en ese caso… la hecatombe vacuna está garantizada, en pro del bien sanitario común.

Dulces sueños a todos (excepto a los diabéticos, faltaría más).


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