Hace mucho tiempo, en una remota región de la India, había un rey inmensamente rico y poderoso, que vivía profundamente afligido por la pérdida de su hijo, muerto en combate. Nada ni nadie era capaz de distraer al soberano de su melancolía. Cierto día, se presentó en la corte un joven llamado Sissa, que enseñó al rey un nuevo juego, conocido hoy como ajedrez, con el que logró devolver la alegría al corazón del monarca. Este, agradecido, prometió al joven otorgarle cualquier cosa que le pidiera. Tras reflexionar, Sissa solicitó un grano de trigo por la primera casilla del tablero de ajedrez, dos por la segunda, cuatro por la tercera, ocho por la cuarta,… así sucesivamente, hasta completar las sesenta y cuatro casillas. El rey, aunque extrañado por lo que creía era una mísera recompensa, ordenó a sus sirvientes que calcularan y prepararan la demanda de Sissa. Horas más tarde, el intendente del palacio comunicaba a un asombrado rey que no era posible darle al joven lo que pedía, dado que la cantidad total calculada ascendía a más de dieciocho trillones de granos de trigo, una cifra fuera del alcance de los graneros reales, y de todos los del planeta juntos.
La precedente leyenda trata de ilustrar la incapacidad de la mera intuición humana para comprender la rapidez del crecimiento exponencial. Puede resultar difícil ser plenamente partícipes de la reclusión y de las extraordinarias medidas de precaución e higiene reiteradamente recomendadas estos días, pero debemos asimilar que dicho encierro y dichas medidas no tienen otro objetivo que evitar que el número de contagios aumente a un ritmo igual o superior al que lo hacían los granos de trigo en el tablero de Sissa.
Dicho esto, hagámonos dermatólogos por un momento y vayamos al grano, ya no de trigo, sino de la actualidad.
Entre otros muchos servicios e instituciones, la ópera de París y la filarmónica de Berlín han puesto multitud de obras a la libre disposición de los enclaustrados. La sociedad lo agradecerá inmensamente, porque es evidente que con un par de conciertos para piano de Brahms, tres o cuatro suites de Debussy, y una balada instrumental dirigida por la batuta de herr von Karajan, la cuarentena parecerá convertirse en veintena, si no en decena, al entrar el melómano en cuestión en narcolepsia crónica cuando termine de sonar el último acorde del fliscorno, sin fecha definida para despertar.
Para hacerlo, se recomienda poner junto al pabellón auditivo del durmiente, a 135 decibelios, otra obra musical, la famosa obertura 1812 de Tchaikovsky, también conocida como “Sinfonía para cañón en obús mayor”. Advertir, no obstante, que tras despertar con este método al individuo, es probable que sus orejas sean visiblemente agrandadas, hasta el punto de que si intentara escuchar el murmullo de las olas con una caracola, subiría inmediatamente la marea en el océano más próximo.
Por otra parte, algunas de las piezas musicales disponibles han sido objeto de ligeras modificaciones respecto a sus libretos originales, con el fin de adaptarlas a las circunstancias actuales. Es el caso de “El barbero de Sevilla”, de Rossini, renombrado ahora como “El barbero de Sevilla en su casa y sin clientes”, pues ahora ha dejado de ser, lamentablemente, el factotum della città, o del más famoso poema sinfónico de Wagner, ahora denominado “Así tosió Zaratustra”, o también, de la no tan conocida (y menos con este nombre), “Epidemia y Paz”, de Prokofiev, adaptación de la encumbrada novela homónima de Tolstoi.
Pasemos ahora a la actividad científica que estos días se desarrolla a contrarreloj contra el virus. Un estudio publicado en una prestigiosa revista médica de Nueva Inglaterra (de la Vieja ya quedó claro el otro día que poco se puede esperar), ha revelado que el virus puede mantener su capacidad de infección durante 72 horas. La elaborada y tajante conclusión ha sido que hay que quedarse en casa y lavarse las manos. Como corolario a este dictamen, se podría añadir que al tener que estar en casa, además de lavarse las manos, es altamente aconsejable ducharse también, no tanto por el virus, sino por el bienestar y la salud del resto de inquilinos.
Los rumores acerca de una posible vacuna contra el virus parecen cobrar fuerza a medida que pasan las horas. Esperemos que ello contribuya a que la gente deje de hablar del fin del mundo como si no hubiera un mañana. Hasta entonces, buenas noches.
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