Hoy el sol brilla por su ausencia. Si sigue lloviendo así, no es exagerado suponer que el país será plenamente navegable en breves. Llegados a esa coyuntura, esperemos que el coronavirus no sepa nadar ni pueda aprender a hacerlo.
Siguiendo con la escalada en la imposición de medidas taxativas, el gobierno español ha decretado el cierre de fronteras terrestres, a los cuatro vientos, curiosamente. Paradójica y afortunadamente, hay algo que parece no tener fronteras, no existiendo, por tanto, la posibilidad de cerrarlas: la inventiva por parte de los ciudadanos para mitigar el natural hastío provocado por la necesaria reclusión de estos días.
Desde jugar al bingo a viva voz, a hacer fitness comunitario al compás del vecino entrenador, pasando por disputar sets de pádel de una ventana a otra. La desventaja de esta última forma de esparcimiento es que conlleva una forzosa pérdida de pelotas. Veremos cómo evolucionan los pasatiempos durante el resto de días de cuarentena, que recordemos no ha hecho más que empezar.
En mi incrementado tiempo de asueto, me he decidido a ensamblar las primeras piezas de un viejo puzle de 1550 (piezas, no del siglo XVI), que conformará una imagen de la torre Eiffel, vista desde la plaza del Trocadero. En la caja del rompecabezas se lee, literalmente, “de 12 a 18 años”. Espero, no obstante, terminarlo en menos de medio año, es decir, en algo menos de lo que parece va a durar la cuarentena.
Siguiendo la justificada ruta coercitiva de libertades ayer iniciada por las autoridades, se han impuesto las primeras sanciones a ciudadanos que callejeaban sin un motivo plenamente justificado. Y digo plenamente, porque parece ser que casos como pasear con un canario (el pájaro, no un isleño de las Afortunadas), amarrado a una hebra de nylon, alegando que es una mascota muy sibarita que necesita aletear al aire libre entre cinco y seis horas diarias, no constituyen razones de suficiente peso para vagar ahora por calles y plazas, dada la gravedad de la situación.
En el mal denominado otro bando, el de las fuerzas del orden, al parecer tampoco ha sido todo toser y roncar. Coser y cantar, quiero decir. En su noble afán de cumplir con su imparcial deber, se han dado casos de querellas interpuestas mutuamente entre cuerpos policiales por patrullar a sus anchas, al no ser este uno de los veintisiete motivos establecidos ayer por el estricto gobierno por lo cuales pueden transitarse las vías públicas.
Incluso un agente, en un momento de ofuscación, ha tenido a bien multarse a sí mismo, y acto seguido, ha ido a encerrarse en la celda de su propia comisaría a la espera de una vista judicial. Al cabo de tres cuartos de hora de aguardar a la sombra, parecer ser que no lo ha visto tan claro, y tras servirse un café para despejarse, ha vuelto a ocupar su puesto. En cuanto a recurrir la autoimpuesta multa, ha comunicado que lo hará cuando pueda, subrayando que la burocracia para estos menesteres suele ser un proceso largo y penoso en este bendito país, y que esto es algo que sabe de primera mano (actualmente enguantada en látex, por su puesto).
Finalmente, hablemos, por ser hoy lunes, de la reacción en el ámbito académico ante el actual trance. En una maniobra que no hace sino reflejar el grado de magnanimidad y la excelsa excelencia, valga la redundancia, de nuestra institución universitaria, desde su rectorado se ha dado inicio a un dúctil plan de contingencia para poder seguir impartiendo, a distancia, las asignaturas matriculadas. Como dato entre curioso y tranquilizador, uno de los profesores nos ha cordialmente confesado que ha tardado más en configurar la interfaz para retransmitir la lección que en prepararse la clase como tal.
Feliz y paciente retiro, hasta mañana.
Descubre más desde Jules Fineman
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.